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Editorial

¿Quién gobierna a quienes gobiernan?

Cuando conservar el cargo, el prestigio o la aprobación importa más que sostener los propios actos, el poder deja de ser servicio. Pero la pregunta no alcanza solo a los políticos: también nos obliga a revisar a qué entregamos nuestro juicio.

Redacción Tucdia 4 min de lectura
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La vanidad, tal como la comprende Epicteto, bien podría ser uno de los gérmenes más peligrosos de la política.

No hablo aquí del cuidado de la imagen, ni siquiera de cierta necesidad humana de reconocimiento. Hablo de algo bastante más profundo: vivir pendiente de lo que otros dirán de uno, necesitar aprobación, prestigio, permanencia, aplauso. Quedar sostenido por la mirada ajena.

Y entonces me pregunto: ¿qué ocurre cuando quien ocupa un lugar de poder necesita más sostener su figura que sostener sus actos?

Porque deberían ser los actos los que hablaran.

Deberían ser ellos quienes sostuvieran una gestión, una autoridad, una trayectoria. Sin embargo, demasiadas veces asistimos al viejo y conocido “haz lo que digo, mas no lo que hago”. Se construyen relatos, se repiten consignas, se explican inexplicables y hasta se pretende convertir el absurdo en una nueva forma de normalidad.

Epicteto probablemente señalaría algo todavía más incómodo: quien necesita desesperadamente conservar prestigio, cargo, reconocimiento o poder ya no gobierna sobre sí mismo. Está gobernado por aquello que teme perder.

Extraña paradoja.

Puede tener poder sobre otros y, sin embargo, carecer de libertad interior.

Tal vez allí comienza una de las deformaciones más serias del poder: cuando deja de ser servicio y responsabilidad para convertirse en alimento de una vanidosa avaricia personal.

Y aparece entonces otro intríngulis.

Muchas veces pienso que ningún ser verdaderamente sensato desearía algunos puestos con la desesperación con que ciertos hombres y mujeres parecen desearlos. Y, al mismo tiempo, algunos de quienes finalmente llegan a esos espacios parecen ir perdiendo, poco a poco, la sensatez que alguna vez tuvieron.

No afirmo que todo cargo corrompa ni que toda persona que gobierna termine sometida a semejante lógica. Sería fácil, y también injusto.

La pregunta es otra:

¿qué clase de sistema construimos cuando los lugares de mayor responsabilidad comienzan a premiar la ambición desmedida, la obediencia al aparato, la necesidad de reconocimiento y la capacidad de sostener una apariencia?

Eso ya no afecta solamente a quien gobierna.

Nos afecta a todos.

Porque el absurdo tiene una particularidad bastante desagradable: cuando se repite suficiente cantidad de veces, empieza a parecer normal.

Y allí comienza nuestro propio compromiso.

Sería demasiado cómodo depositar toda responsabilidad en “los políticos”. La política también ocurre en una familia, en una escuela, en una empresa, en una comunidad, en cualquier lugar donde una persona ejerce influencia sobre otra.

Por eso creo profundamente en la ejemplaridad, aunque quisiera quitarle a la palabra cualquier perfume moralizante.

No hablo de comportarnos bien para que alguien nos admire. Eso sería regresar, por una puerta lateral, a la misma vanidad que estamos cuestionando.

Hablo de coherencia.

De intentar que palabra y acto no vivan permanentemente divorciados.

De sostener dentro de nuestra pequeña comunidad de pertenencia aquello que decimos defender para la sociedad entera.

De no reclamar honestidad mientras hacemos pequeñas trampas.

De no pedir respeto mientras humillamos.

De no exigir justicia solamente cuando nos conviene.

De no pedir libertad mientras pretendemos decidir sobre la vida de los demás.

Y, sobre todo, de no entregar nuestro propio juicio.

Porque aquí aparece para mí una cuestión esencial: jamás deberíamos permitir que la repetición de un absurdo termine modificando nuestra propia base.

Eso no significa necesariamente desobedecer toda norma que consideremos equivocada. Vivimos entre otros y las comunidades necesitan reglas. Pero obedecer no significa siempre consentir.

Cumplir no significa creer.
Adaptarse no debería significar entregarse.
Y pertenecer jamás debería exigirnos renunciar a pensar.

Tal vez esa sea una de las libertades más profundas que todavía conservamos: la posibilidad de mirar una situación y decir, íntima y públicamente, “esto no me parece correcto”, aun cuando todo alrededor insista en convencernos de lo contrario.

La corrupción de una sociedad posiblemente no comienza con los grandes escándalos que ocupan las primeras planas.

Quizás comienza mucho antes.

Comienza cuando, para conservar un lugar, una ventaja, una aceptación o simplemente comodidad, empezamos a llamar razonable a aquello que sabemos absurdo.

Y allí Epicteto vuelve a incomodarnos después de tantos siglos.

Porque antes de preguntarnos quién gobierna un país, quizá deberíamos preguntarnos algo mucho más cercano:

¿quién gobierna sobre nosotros mismos?

La opinión ajena, el miedo, la conveniencia, la ambición, la pertenencia…

¿o todavía conservamos la libertad de nuestro propio juicio?

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