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Editorial

Cogitemus: Un país casino, una provincia lunar y el recuerdo del Brujo

Mientras las oportunidades se reparten entre conocidos y personajes que nadie eligió gravitan alrededor del poder, la historia argentina vuelve a encender una advertencia: cuando las instituciones retroceden, siempre aparece alguien dispuesto a gobernar desde las sombras.

Redacción Tucdia 2 min de lectura
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A decir verdad, salvo que uno esté entongado con alguien o haya conseguido algún puesto a dedo, poco importa quién sea el gobernante de turno, cualquiera sea el estamento.

Los hombres y las mujeres comunes vivimos —si es que todavía se puede decir así— de los hechos, de las acciones concretas. Y en eso, este país, alguna vez proclamado el granero del mundo, se ha convertido en un casino; y esta provincia, en una luna.

No lo digo solamente por los eternos cráteres de nuestras calles, en franca contrapartida con los fastuosos y extraños centros comerciales y las plazas hermoseadas. Lo digo porque ya no somos el Jardín de la República.

Aquí, si no sos amigo de alguien, si no tenés tal o cual apellido o no figurás entre los invitados de ciertos lugares, el trabajo cambia de dirección, las oportunidades se desvían y las comisiones se multiplican. Todo ocurre con esa naturalidad escalofriante que adquiere la indecencia cuando lleva demasiado tiempo practicándose.

Si alguien regresara desde la Edad Media, se encontraría muy a gusto entre nosotros: señores feudales, obediencias convenientes, vasallos agradecidos y privilegios transmitidos casi como títulos nobiliarios. Cambiaron los carruajes, pero no siempre las costumbres. El poder continúa reuniéndose alrededor de ciertas mesas, mientras la gente común espera afuera, haciendo números para llegar a fin de mes.

Párrafo aparte merece la investidura presidencial, que parece haberse despojado de presidente. Quedan las representaciones, los gestos, las puestas en escena y una colección de personajes alrededor del poder que nadie eligió, pero que opinan, aconsejan, deciden y, algunas veces, gobiernan.

Y ya que hablamos de magos, convendría recordar que este país ya tuvo su Brujo.

Los que somos mayorcitos sabemos de quién hablo: José López Rega, el hombre que comenzó cerca del poder y terminó ejerciendo una influencia desmesurada sobre el destino político argentino. No fue solamente un personaje extravagante, aficionado al ocultismo y a los astros. Fue la demostración de lo tremendos que pueden llegar a ser ciertos personajes cuando las instituciones se debilitan y nadie pregunta quién gobierna verdaderamente.

La historia no se repite con los mismos nombres, las mismas ropas ni los mismos rituales. Es mucho más ingeniosa. Cambia los decorados, actualiza el lenguaje y presenta como novedad antiguas formas de obediencia.

Por eso, cuando alrededor de un gobernante proliferan los intérpretes, los custodios de la verdad, los familiares imprescindibles, los cortesanos y los supuestos iluminados, recordar al Brujo no constituye una exageración: constituye un ejercicio de memoria.

Porque el problema nunca fue solamente creer en la magia.

El verdadero peligro comienza cuando la magia ingresa en la Casa de Gobierno, distrae al pueblo y, mientras todos miran el sombrero, alguien hace desaparecer la República.

Cogitemus – Mirta Brand