¿Qué es justo?
**La vida no siempre repara lo que rompe ni devuelve aquello que quitó. Si el pasado explica buena parte de lo que somos, ¿hasta dónde tiene derecho a decidir lo que viene?**
¿Qué es justo y qué es injusto?
Y cuando hablamos de justicia, ¿de qué hablamos?
Porque no siempre fue lo mismo.
Hubo un tiempo en que lo justo fue ojo por ojo. No por crueldad, aunque hoy pueda parecérnoslo, sino porque poner una medida a la venganza ya significaba un límite: un ojo por un ojo, no una familia entera por un ojo.
Después vinieron otras formas. El castigo. La culpa. La penitencia. La reparación. La compensación. La cárcel. El perdón. Los derechos.
Cada época inventó una manera de poner orden allí donde alguien había roto algo.
Y cada época creyó, bastante convencida, que eso era justicia.
Yo no sé qué es justo.
Lo digo en serio.
Tampoco sé si la vida sabe algo de justicia.
Porque hemos confundido demasiadas veces justicia con merecimiento. Nos gusta pensar que al bueno deberían sucederle cosas buenas y que quien hace daño, tarde o temprano, recibirá lo suyo.
Una contabilidad tranquilizadora.
Pero basta vivir un poco para descubrir que la vida no lleva los libros de ese modo.
Hay gente maravillosa a la que le suceden cosas atroces.
Hay personas miserables que duermen estupendamente.
Hay niños que reciben dolores que jamás podrían haber merecido y adultos que atraviesan pérdidas para las cuales no existe explicación capaz de consolarlos.
Entonces, ¿dónde está la justicia?
No lo sé.
Spinoza, hace siglos, se atrevió a pensar algo todavía más incómodo: que la naturaleza no organiza los acontecimientos de acuerdo con nuestras categorías de premio y castigo. Las cosas no suceden para complacernos, educarnos o castigarnos. Suceden dentro de una trama inmensa de causas.
Nosotros somos quienes preguntamos:
¿Por qué a mí?
¿Para qué?
¿Qué hice?
¿Lo merecía?
Tal vez el universo permanezca bastante indiferente a esas preguntas.
Y, sin embargo, nosotros las necesitamos.
Porque necesitamos comprender.
Ahí Spinoza vuelve a interesarme.
Él pensaba que somos menos libres de lo que creemos. Muchas veces creemos elegir cuando en realidad desconocemos las causas que nos llevan a elegir.
Y esto, llevado a una vida cualquiera, resulta extraordinario.
Una mujer puede jurar que eligió determinada pareja y no advertir cuánto eligió también su abandono.
Un hombre puede llamarse exigente y estar todavía intentando conseguir la aprobación de un padre muerto hace treinta años.
Alguien puede decir: “yo soy así”, cuando en verdad debería decir: “así aprendí a sobrevivir”.
Y uno puede pasarse media vida llamando carácter a una defensa.
Entonces la infancia importa.
Importa muchísimo.
Importa lo que hubo y lo que faltó.
Importan las palabras escuchadas alrededor de una mesa, las miradas que llegaron y las que nunca llegaron, los permisos, los silencios, el miedo, la abundancia, la escasez, las caricias, las humillaciones.
Todo deja consecuencias.
Pero consecuencia no es condena.
Ahí encuentro una diferencia fundamental.
Porque si todo lo vivido tiene consecuencias, pero esas consecuencias pueden ser comprendidas, entonces comprender modifica nuestra relación con ellas.
No cambia lo sucedido.
Nos cambia frente a lo sucedido.
Y tal vez allí comience una forma extraordinariamente íntima de justicia.
No creo, como alguna vez pude haber pensado, que todo lo que nos sucede tenga que sucedernos.
No.
Hay cosas que no tenían por qué pasar.
Hay abusos que no eran necesarios para crecer.
Abandonos que no venían a enseñarnos nada.
Muertes que no escondían una pedagogía.
Traiciones que no fueron enviadas por ningún maestro invisible para perfeccionar nuestro espíritu.
Sucedieron.
Y a veces ocurrió lo insoportable simplemente porque otro no pudo, no supo, no quiso, porque enfermó, porque murió, porque eligió, porque la existencia también contiene azar, límite y tragedia.
Convertir todo dolor en enseñanza puede ser otra manera, bastante elegante, de no mirar el dolor.
Pero ocurrió.
Y porque ocurrió forma parte de mí.
Entonces aparece una pregunta mucho más adulta que “¿por qué me hicieron esto?”.
¿Qué haré yo con esto que me hicieron?
Ahí cambia todo.
Porque ya no estoy juzgando solamente el acontecimiento.
Estoy mirando el poder que todavía conserva sobre mí.
¿Cuánto de aquella niña continúa decidiendo por esta mujer?
¿Cuánto de aquella ausencia determina todavía a quién amo?
¿Cuánto de aquella humillación dirige mis ambiciones?
¿Cuántas veces dije “yo elegí” cuando apenas estaba repitiendo?
¿Cuántas veces llamé destino a una costumbre?
Spinoza diría, de una manera bastante más compleja, que ser libre no consiste simplemente en hacer lo que a uno se le antoja.
La libertad comienza al comprender las causas que nos determinan.
A mí esa idea me conmueve.
Porque entonces comprender no es quedarse mirando el pasado.
Es quitarle poder.
Puedo descubrir por qué necesito ser reconocida.
Puedo comprender por qué temo que me abandonen.
Puedo reconocer por qué determinada palabra me desarma, por qué determinada indiferencia me enfurece, por qué regreso una y otra vez a lugares donde ya sé que voy a sufrir.
Y después viene lo difícil.
Porque comprender tampoco alcanza.
Hay personas que conocen perfectamente la historia de su herida y continúan viviendo dentro de ella.
La cuentan magníficamente.
La explican.
La analizan.
Hasta podrían dar una conferencia.
Y vuelven a elegir lo mismo.
Entonces hace falta otra cosa.
Una decisión.
Profunda.
Adulta.
A veces dolorosa.
¿Cómo quiero vivir con lo que me pasó?
No cómo hubiera sido mi vida si aquello no hubiese sucedido.
Esa vida no existe.
No cómo deberían haber sido mis padres.
No cómo tendría que haber actuado quien me hirió.
No cómo hubiera sido yo si hubiese recibido aquello que necesitaba.
Todo eso pertenece a una existencia imaginaria.
La pregunta posible es ésta:
Con esto que hubo, con esto que faltó, con esto que amé, con esto que perdí, con esto que me hicieron y también con aquello que yo hice, ¿quién decido ser ahora?
Tal vez allí aparezca la justicia que más me interesa.
No la que absuelve.
No la que olvida.
No la que convierte al victimario en inocente.
No la que obliga a perdonar para demostrar evolución espiritual. Esa exigencia también puede ser una violencia.
Hablo de otra justicia.
La de dejar de entregarle años presentes a quien ya nos quitó años pasados.
La de no continuar castigándonos por lo que otro hizo.
La de comprender que una herida puede explicar una conducta sin tener derecho a gobernarla para siempre.
Quizá hacer justicia para uno mismo sea recuperar territorio.
Decir:
esto ocurrió.
Esto dejó en mí.
Esto me condicionó.
Esto explica muchas cosas.
Pero esto no decidirá todo lo que viene.
Y entonces comprendo algo.
Tal vez justicia y libertad se toquen precisamente ahí.
No cuando consigo que la vida me devuelva exactamente lo que me quitó, porque hay cosas que la vida jamás devuelve.
Sino cuando aquello que ocurrió deja de tener la última palabra sobre quién soy.
No sé qué es justo.
Sigo sin saberlo.
Pero sé algo más pequeño y, para mí, mucho más verdadero:
el pasado merece ser mirado.
La herida merece ser reconocida.
El responsable, cuando lo hay, merece ser llamado responsable.
Y uno merece no quedarse a vivir allí.
Tal vez ésa sea una de las formas más profundas de justicia.
Que lo que me pasó forme parte de mi historia sin convertirse en mi destino.
COGITEMUS · POR MIRTA BRAND