Suicidios en Tucumán: ¿qué estamos dejando de ver?
Cada noticia deja preguntas que necesitamos sostener cuando la noticia deja de circular.
Los suicidios en Tucumán me alarman. Me duelen. Cada noticia deja preguntas que necesitamos sostener cuando la noticia deja de circular.
El sufrimiento puede atravesar cualquier nivel socioeconómico y cultural. También puede alcanzar a alguien que está en tratamiento. La complejidad del dolor humano nos exige revisar cómo cuidamos, qué recursos ofrecemos y cómo acompañamos entre una consulta y la siguiente.
¿Qué oportunidades tenemos de aprender a reconocer lo que sentimos? ¿Dónde podemos decir que estamos confundidos, asustados, agotados? ¿Con quién podemos hablar antes de que el dolor ocupe todo?
Me preocupa el lugar que ha perdido la conversación dentro de algunas familias. La conversación, la discusión, la diferencia de miradas. Poder disentir y seguir perteneciendo. Poder decir «esto me pasa» sin que enseguida aparezca una corrección, una comparación, un reproche.
Hay una carrera por tener, lograr, llegar más lejos, viajar, distraerse… ¿Y qué pasó con ser? Ser humano. Tener límites. Necesitar a otros. Aprender a sostener compromisos y hábitos que nos cuiden. Reconocer cuándo las fuerzas no alcanzan y hace falta ayuda.
Preguntar y preguntarnos. Abrazar. Escuchar una respuesta que quizá nos incomode. Hacer lugar a lo que todavía no comprendemos.
También necesitamos revisar qué respuestas ofrecemos al sufrimiento. La medicación puede ser necesaria y valiosa. Necesitamos que forme parte de un cuidado con tiempo, seguimiento, escucha y recursos para la vida cotidiana. Que la persona pueda comprender qué le pasa, participar de su tratamiento y saber a quién recurrir si empeora.
Y es necesario que los profesionales encuentren modos de hablar con la familia y con quienes acompañan, con respeto por la intimidad y la participación de la persona. Hay mucho que una familia puede necesitar aprender: cómo escuchar, qué señales atender, cuándo consultar, cómo actuar ante una urgencia. También tiene observaciones, preguntas y temores que merecen un espacio.
Toda vida necesita una red que la sostenga. La familia puede ser una parte fundamental de esa trama. Cuando allí falta cuidado o existen vínculos que lastiman, necesitamos ampliar la red hacia otras personas de confianza. Que haya alguien a quien acudir. Que sepamos cómo pedir ayuda y dónde encontrarla.
Escribo desde mi experiencia como ser humano que recibió un diagnóstico equivocado. Y como madre que, desde hace muchos años, lleva el dolor de la ausencia de seres amados.
Conozco esa pregunta que vuelve: ¿cuánto pudimos comprender de sus complejidades? Conozco el deseo de que hubieran encontrado más alivio, más recursos, más maneras de sentirse acompañados. Es una pregunta dolorosa, que no me autoriza a explicar sus muertes ni a señalar culpables.
Me compromete a hablar.
Necesitamos comprender que el sufrimiento de una persona puede ser mucho mayor de lo que alcanzamos a ver. Que el amor también necesita aprender a acompañar. Que podemos estar cerca de alguien y aun así necesitar orientación para ayudarlo.
Cuando una persona dice que no encuentra sentido o que no quiere seguir viviendo, necesitamos tomarla en serio. Podemos preguntarle directamente si piensa en suicidarse y acompañarla a buscar ayuda profesional. Ante un peligro inmediato, es necesario permanecer con ella y acudir a una guardia.
Me preocupa cuánto sabemos de las metas de quienes amamos y cuánto desconocemos de sus días.
Preguntar y preguntarnos.
Y dar tiempo para la respuesta, siempre observando.
Mirta Brand