El hígado graso metabólico es la enfermedad silenciosa que ya afecta a 1.700 millones de personas
Con una baja tasa de detección temprana, la afección se vincula a la obesidad y la diabetes. Especialistas destacan que ajustar la dieta y los hábitos diarios resulta clave para prevenir un daño hepático irreversible.
La enfermedad por hígado graso asociada a disfunción metabólica (MASLD) se consolidó como un reto prioritario para la salud pública internacional. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cerca de 1.700 millones de personas en el mundo conviven con este trastorno. Su principal peligro radica en su evolución asintomática, que puede progresar hacia inflamación severa, fibrosis o cirrosis si no se diagnostica a tiempo.
Una de las mayores dificultades radica en el bajo nivel de diagnóstico. Diversas investigaciones advierten que una proporción mínima de los afectados es consciente de padecer la condición, descubriéndola habitualmente de forma incidental mediante análisis o ecografías de rutina. En sus fases iniciales, sin embargo, el cuadro es potencialmente reversible mediante la modificación sostenida de los hábitos de vida y la pérdida gradual de peso corporal.
Entre los factores de riesgo dietarios, las instituciones médicas y hepatólogos destacan el consumo regular de bebidas con azúcares añadidos, como gaseosas, jugos industriales y cafés saborizados. El exceso de fructosa y glucosa es procesado rápidamente por el intestino y reorientado al hígado, donde se transforma en depósitos de grasa y triglicéridos. A esto se suma el impacto negativo de los alimentos fritos y las harinas refinadas, los cuales incrementan la inflamación y la resistencia a la insulina.
Frente a este panorama, las guías internacionales señalan a la dieta mediterránea como el patrón alimentario ideal de prevención y control. La ingesta de frutas, verduras, legumbres, frutos secos, pescado y aceite de oliva aporta fibra y antioxidantes que mitigan el estrés celular. Asimismo, se aconseja priorizar el agua, el té y el café sin endulzantes como bebidas principales, limitando al mínimo el consumo de alcohol.
La detección precoz y el control médico periódico continúan siendo las herramientas centrales para frenar el avance de esta patología.
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