Por Mirta Brand
¿Acordar qué?
¿El plazo de gracia para seguir incumpliendo?
¿La forma más prolija de disfrazar la desobediencia?
¿La cantidad exacta de sufrimiento que consideran tolerable antes de dignarse a cumplir?
¿La manera más elegante de convertir una orden judicial en una concesión graciosa de empresa privada?
No.
De ninguna manera.
La medicación se entrega en los términos fijados por los amparos y por las resoluciones.
O se incumple.
La ley se obedece.
O se desobedece.
No hay zona noble en el medio. No hay matiz moralmente defendible. No hay relato que embellezca la crueldad.
Se terminó el tiempo de los afiliados arrodillados ante empresarios de la salud. Se terminó el tiempo de agradecer lo que ya fue pagado. Se terminó el tiempo de rogar por derechos básicos como si se tratara de favores. Si cobran como prestadores, respondan como prestadores. Y si no pueden o no quieren hacerlo, entonces dejen de enriquecerse a costa del dolor, del miedo y de la fragilidad ajena.
Ya fui por las vías correctas.
Ya presenté lo necesario.
Ya respeté las formas.
Ya atravesé el desgaste que imponen quienes especulan con el cansancio del otro.
Y la respuesta que recibo es una invitación a reunirme para “acordar”.
Repito: no hay nada que acordar.
Lo que corresponde es cumplir.
Cumplir sin rodeos.
Cumplir sin dilaciones.
Cumplir sin maniobras.
Cumplir sin ese desprecio burocrático con el que demasiados creen que todavía pueden jugar con la vida de la gente.
Porque la salud no se negocia.
La medicación no se mendiga.
La dignidad no se somete a agenda.
Y una orden judicial no se conversa: se acata.
Por eso también digo esto con total claridad: basta de silencio social. Basta de afiliados aislados creyendo que deben soportarlo solos. Basta de aceptar como normal el destrato, la demora, la humillación administrativa y la violencia del incumplimiento. Cuando una prestadora desobedece, cuando dilata, cuando especula con el desgaste del paciente, no está cometiendo una simple falta operativa: está ejerciendo violencia sobre personas concretas, sobre cuerpos concretos, sobre familias concretas.
Hay que denunciar. Hay que nombrar. Hay que exponer. Hay que reclamar. Hay que dejar constancia. Hay que acudir a la Justicia, a los medios, a los organismos de control y a toda instancia que corresponda.
Porque el abuso que no se enfrenta, se perfecciona.
Y la impunidad que no se incomoda, se agranda.
No me convoquen a consensuar aquello que ya está resuelto.
No me llamen a negociar derechos básicos.
No me inviten a participar del decorado de una legalidad que luego no respetan.
Cumplan.
Y háganlo ya.
Porque cuando hay amparos y resoluciones, lo único que cabe es obedecer.
Todo lo demás tiene otro nombre: incumplimiento, cinismo, cobardía empresarial y violencia.
Y frente a eso, no corresponde callar.
Corresponde actuar.
Corresponde exigir.
Corresponde poner fin, de una vez, a esta obscenidad.
“No se acuerda el cumplimiento de una obligación. Se cumple. Y cuando no se cumple, se denuncia.”
